Por el mismo camino que nos lleva a alegrarnos de una
bajada en el sueldo podríamos celebrar nuestro despido fulminante del trabajo...
hace un tiempo me contaron en una sociedad de valores española una llamada de
teléfono que habían recibido por parte de una mujer que, tras observar durante
toda la sesión la evolución negativa del mercado había visto cómo, en unos pocos
segundos, la bolsa se había dado la vuelta y subía más del 3%, y llamaba pidiendo
que le explicaran qué había pasado. En la sociedad le respondieron que se habían
publicado los datos del informe de empleo en EE.UU., y la mujer supuso ingenuamente
que el informe hablaba de menos paro, así que en la sociedad le dijeron que no,
que todo lo contrario: había aumentado el número de parados en EE.UU., y por eso
subía la bolsa.
El comentario final de la mujer ("Desde luego, ¡Cómo son los ricos!") fue
motivo de grandes risas, pero lo cierto es que al margen de su contenido cómico
el comentario encierra un alto contenido filosófico: parece que la bolsa es un
mundo de ricos empresarios que se frotan las manos y disfrutan cuanto peor le
vayan las cosas a la clase trabajadora. No hace falta irse muy lejos para ver
algún ejemplo: el pasado día de la Inmaculada, en que la bolsa española permanecía
cerrada por festivo, se publicaron unas
cifras de paro en EE.UU. mayores de lo esperado y la respuesta de Wall Street
fue notoriamente optimista (aunque también es verdad que ese mismo día parecía
resolverse el tema de las elecciones a la presidencia, otro factor de peso en
los mercados).
En esta misma línea hace poco se
generó una conversación en nuestro foro en la que se discutía si el hecho
de que Repsol YPF haya decidido bajar el precio de las gasolinas es una buena
o una mala noticia... Un forista comentaba al respecto que "No
se puede poner una vela a Dios y otra al diablo" (por supuesto cada quien
puede adjudicar el papel de Dios o diablo al lado que considere oportuno).