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ESCRITO POR: badtrader
[19:36 15/abr/2008] |
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TEMA: Papá, me han hecho ministro |
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Papá, me han hecho ministro
Jaime Peñafiel
El 13 de julio de 1973, el general Franco decidió remodelar el Gobierno con un cambio muy significativo: la salida de López Bravo sustituido por López Rodó; Fernández Miranda, vicepresidente, y como nuevo ministro de Educación, un Julio Rodríguez Martín que “nadie sabe aún quién es”, según recuerda Manuel Fraga Iribarne en sus Memorias (Planeta, 1980).
Pronto lo sabríamos. Se trataba de un oscuro catedrático que, según se contaba, fue elegido para el cargo por equivocación. Al parecer el general había sugerido a Carrero Blanco otro y éste se equivocó, se confundió o no hubo ni lo uno ni lo otro. ¡Vaya usted a saber! Esto es lo de menos.
Su recuerdo, viene a esta columna a propósito del nombramiento de las nuevas ministras y ministros del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.
Para algunas y algunos de ellas y ellos ha debido suponer tanta sorpresa como en su día la llamada de Carrero a Julio Rodríguez comunicándole la buena nueva.
El diario El País del pasado domingo 13 traía en su primera página una llamada insólita: “Papá, me van a nombrar ministra”.
Fue la primera reacción de Bibiana Aído después de que el presidente le comunicara la decisión de nombrarla ministra de Igualdad.
Después de tres horas de conversación, en la Moncloa, lo primero que hizo una vez en el coche fue llamar a papá, quien esperaba nervioso tanto o más que su hija, el resultado del encuentro con Zapatero. Todo lógico y natural. Posiblemente lo esperaba.
No lo fue tanto en el caso de Julio Rodríguez. Ni él lo esperaba ni lo esperaba nadie. Mucho menos su madre cuando oyó la voz de su hijo, alterada, agitada, exaltada por la emoción, que le gritaba casi llorando: “¡Mamá, mamá, me han hecho ministro, ministro de Educación!”.
Pienso que la madre creyó que su hijo se había vuelto loco.
—¡Julio, pero qué me estás diciendo!
—Lo que oyes, soy ministro. Te estoy hablando desde el coche, un coche que tiene hasta teléfono.
La buena señora no daba crédito a lo que su hijo le decía.
—¿Julito, de verdad te han nombrado ministro?
Qué locura, posiblemente musitara suspirando.
Cuando acudí a su casa, para la primera entrevista no se le ocurrió otra cosa, cuando me acompañó al ascensor para despedirme que recitarme unas poesías que había compuesto por tan importante motivo, un conjunto de palabras a la deriva.
“Hay ciertas cosas en que la mediocridad es intolerable: la pintura, la música, la oratoria, pero sobre todo la poesía”, que dijo alguien. Las del nuevo ministro eran simplemente malas.
¿A quién se le había ocurrido proponer a este pobre hombre para ministro cuando estaba situado a la derecha de Blas Piñar y que para quienes le conocían era “conocido por sus métodos violentos siendo rector de la Universidad Autónoma de Madrid, un hombre a quien gustaba, no correr delante de los ‘grises’ sino junto a ellos en las cargas policiales con los estudiantes de izquierdas”, según recuerda el historiador Paul Preston en su documentada obra Juan Carlos. El Rey de un pueblo (Plaza y Janes, 2003)?
A pesar de todo ello tenía una cualidad: era un hijo amantísimo. Cuando lo nombraron ministro lo primero que hizo fue comunicárselo a su madre. Como Bibiana. Salvando las distancias, de su padre por lo mismo. |
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