Maneras de verlo.
EDITORIAL NACIONAL
Desplome de la bolsa
Futuro incierto
Zapatero y su gobierno se han empeñado en comportarse como “los músicos del Titanic”: están dispuestos a tocar el “no hay que exagerar” hasta el día después de las elecciones
Al “lunes negro” ha seguido el “miércoles negro”… y la impresión generalizada de que la caída de la bolsa aún no ha tocado fondo. Desde el estallido de la llamada “crisis de las hipotecas subprime o hipotecas basura” la recesión económica está llamando a las puertas de Estados Unidos y, en consecuencia, amenazando con arrastrar a una crisis general a la economía mundial. Lo ocurrido el lunes 21 de enero, lo que ya se conoce como “el lunes negro de 2008”, estaba anunciado: las bolsas mundiales sufrieron un auténtico terremoto, un desplome histórico que no se conocía desde el pinchazo de la burbuja tecnológica del 2000. En España la bolsa sufría la mayor caída desde agosto de 1991; el Ibex-35 ha perdido un 7’54% el lunes y otro 4’56% el miércoles, la mayor caída de su historia. En los primeros 20 días del año la bolsa española ha perdido casi un 20% de su valor, casi 100.000 millones de euros.
Nunca en la historia de los mercados financieros se ha producido una caída de esta envergadura sin que haya tenido consecuencias sobre el sector real de la economía, la economía productiva, y los bolsillos de los ciudadanos. Zapatero y su ministro de economía, Solbes, insisten en que “vamos en un barco seguro”; pero esta nueva crisis del capitalismo mundial tiene un efecto añadido en nuestro país que, en vez de reducirla, se suma a ella para hacerla aún más preocupante: la coincidencia con el agotamiento de un modelo de desarrollo económico basado en la construcción, el endeudamiento y el consumo…, y el empleo precario.
No estamos pues ante una crisis que se resuelva sólo con un ajuste financiero entre las grandes empresas del Ibex-35, de las constructoras y los bancos. Más de 6 millones de familias están viendo como pierden parte de sus ahorros invertidos; miles de empresas dejan inversiones y proyectos en el aire por la reducción de los créditos; y cientos de miles de puestos de trabajo -¡hasta un millón! como decimos en las
páginas interiores pueden estar en peligro directamente relacionados con el parón de la construcción- están en juego. Si a eso añadimos un crecimiento escandaloso de los precios y las hipotecas y una reducción del poder adquisitivo de las familias, el panorama no pinta nada bien para una gran mayoría de sectores populares, esos 19 millones (asalariados, pensionistas, mujeres, jóvenes e inmigrantes) con ingresos mileuristas.
En esta situación y ante la perspectiva de un periodo de “vacas flacas”, de crisis o al menos de desaceleración económica, nuestro país necesita un gobierno que no sólo diga la verdad sobre la situación económica, convertida en la principal preocupación de todos los españoles, sino que esté dispuesto a tomar las medidas necesarias para que sus consecuencias no recaigan sobre el conjunto de los trabajadores, y especialmente sobre aquellos sectores que ya empiezan a sufrir en mayor medida las consecuencias de esta nueva crisis capitalista. Tratar de minimizarla, como está haciendo el gobierno de Zapatero, sólo sirve para confundir a los ciudadanos y seguir favoreciendo a quienes se han llevado los beneficios de la riqueza creada durante las últimas dos décadas de “vacas gordas”. Pero también a quienes, como el PP o los grupos monopolistas, anuncian recetas de ricino para afrontarla: recortes salariales y nuevas reformas laborales que introduzcan más flexibilidad laboral.
Hace cuatro años el empeño por responder al mayor atentado terrorista de la historia reciente de España en clave electoralista -manteniendo hasta después de las elecciones la autoría de ETA, cuando todo apuntaba ya al terrorismo islamista- llevó al partido de Aznar a un auténtico batacazo electoral. Ahora, puede ocurrirle otro tanto a Zapatero y su gobierno, empeñados en comportarse ante la crisis económica como “los músicos del Titanic”: están dispuestos a tocar el “no hay que exagerar, hablar de crisis es hacer catastrofismo” hasta el último momento, hasta el día después de las elecciones, tratando de minimizar las consecuencias de la crisis con tal de obtener algunos réditos electorales. Desde luego este no es el camino y una parte del electorado puede hacérselo pagar caro en las urnas.
La enseñanza no puede estar más clara: necesitamos un gobierno dispuesto a tomar las medidas necesarias para evitar que la crisis recaiga sobre los trabajadores, y para obligar a quienes han concentrado la riqueza producida -banca y grandes monopolios- en ponerla ahora al servicio del país, del cambio económico y de la resolución de la crisis. ¡Ya está bien de que siempre paguemos los mismos!
http://www.uce.es/DEVERDAD/ARCHIVO_2008/03_08/DV03_08_01editnac1.html