La caída de Bretton Woods
En marzo de 1968, Estados Unidos decidió acabar con la pérdida incesante de oro. El remedio que se aplicó consistió en el compromiso de todos los bancos centrales a no comprar ni vender oro en los mercados libres. Esto es, las reservas de oro de los bancos centrales y todo el demás oro del mundo funcionarían en compartimentos estancos, jamás se mezclarían. Así, confiaban, la Reserva Federal dejaría de perder oro y el precio mundial de la onza de oro volvería a niveles muy por debajo de los
35 dólares. Se equivocaron a lo grande.
La Reserva Federal seguía inflando el dólar así que su valor en los mercados iba cayendo mientras el oro se apreciaba. A principios de 1973, una onza de oro se cambiaba en los mercados internacionales por 125 dólares.
Los bancos centrales europeos amenazaron con vender gran parte de los inútiles dólares que tenían en sus reservas a cambio de oro, contraviniendo el acuerdo. Así que, el 15 de agosto de 1971, por orden del presidente Richard M. Nixon, el dólar dejó de ser convertible en
lingotes de oro incluso para gobiernos y bancos centrales extranjeros. Fue el golpe de gracia al patrón oro.
La crisis del dólar
Durante todo el siglo XIX, con veinte dólares se podía adquirir lo mismo que con una onza de oro. En la primera década del siglo XX se empezó a pervertir el patrón oro y, con sólo veinte años, en 1934, el valor del dólar se había dilapidado de tal forma que hacían falta treinta y cinco para comprar una onza. Cuando, a mediados de siglo, Jacques Rueff abogó por el retorno al patrón oro con la paridad de una onza por setenta dólares, el doble que el cambio oficial en ese momento, se consideró que el precio era ridículamente alto, que no podían pedirse tantos dólares por una simple onza de oro. Pero el valor del dólar respecto del oro siguió cayendo. Hoy, en los mercados internacionales, no bastan 400 dólares para comprar una onza de oro. Es decir, en los últimos cien años, el dólar ha perdido, en términos de oro, el 95 % de su valor.
Esta bestial destrucción del dinero se aceleró con la decisión de Nixon de romper el último lazo entre el oro y el dólar. Obviamente, en el mercado predominaron los que quisieron deshacerse a toda
prisa de sus dólares para poder comprar activos cuyo valor no se degrade tan rápidamente. El oro, el petróleo y otros activos vieron como su precio se disparaba en dólares. La inflación del dólar llegó a los dos dígitos.
Curiosamente a esto no se le llamó “la crisis del dólar” sino “la crisis del petróleo”.
Estanflación
Cuando se financió el enorme gasto público a fuerza de imprimir más dólares no respaldados, estos perdieron su valor rápidamente. Para frenar la inflación, los gobiernos impusieron todo tipo de restricciones y controles de precios y salarios. El estancamiento económico se vino a sumar a la inflación. Así se creo un neologismo feo de cuidado: estanflación. Entre otras cosas, la estanflación dejaba en evidencia los errores de la teoría keynesiana, que había dado por hecho que inflación y estancamiento no podían darse al mismo tiempo.
La crisis de la deuda
Con unas economías occidentales al pairo y una abundancia de dólares, los bancos se encontraron con que nadie les pedía préstamos para nuevas inversiones. Esta circunstancia fue aprovechada por los gobiernos de los países pobres. Por fin, podrían conseguir dinero a bajo coste y, encima, el mundo desarrollado parecía aquejado de agujetas. Ahora podrían recortar distancias.
Tristemente, esos gobiernos no dedicaron los préstamos a empresas productivas que permitieran desarrollar sus países. Muy al contrario, en gran medida, esos fondos fueron a parar a cuentas privadas de los altos funcionarios de esos países. Otra parte muy considerable fue destinada a gastos militares.
A principios de la década de 1980,
Occidente empezó a levantar cabeza. Con la reactivación económica, las empresas volvieron a pedir préstamos a los bancos y los tipos de interés volvieron a subir.
Fue un amargo despertar para los países pobres. Después de una década desaprovechando préstamos, llegaba la hora de pagarlos. El saldar una deuda cuando los tipos de interés están en plena escalada, es complicado. Que, encima, no se haya usado el dinero para producir la suficiente riqueza con que devolverla, hace imposible el pago. Méjico fue el primero en reconocer lo evidente: no podía pagar la deuda.
Desde entonces, el caso se ha repetido en multitud de países. En algún país el gobierno decide echar mano de la máquina de emitir dinero y acaba con la curiosa combinación: cada vez más billetes pero menos riqueza.
Todo el periodo de la crisis de los 70 nos dejó una valiosa enseñanza que Carl Menger ya había explicado un siglo antes. El dinero no es una cantidad que pueda generarse o imprimirse a partir de la nada y por decreto, sino una cualidad -la liquidez- que el mercado descubre en los bienes y en los activos. La liquidez consiste en no sufrir pérdidas de valor (o pérdidas de tiempo) al desprenderse de cantidades incluso enormes de un bien. Bien el dinero mercancía, bien los activos monetizables, han de ser aquellos que constituyen o representan los bienes más deseados por el mercado. Aquellos con una demanda más amplia, estable y permanentemente insatisfecha.
Inexorablemente, la violación de esta
ley significa tener que pagar el precio de las recesiones. Que sean “deflacionarias” o “inflacionarias” sólo dependerá del activo que tomemos como referencia para expresar los precios. [7]
Para saber más
GÓMEZ RUIZ, Jesús. “Errores en la teoría monetaria actual”. La Ilustración Liberal. Número 9. Septiembre 2001. Pág. 109-126.
GREENSPAN, Alan. “Gold
and Economic Freedom”, 1966 en RAND, Ayn. Capitalism: The Unknown Ideal. Signet Books, 1967. New York.
MENGER, Carl. “Teoría del dinero” en Principios de Economía Política. Unión Editorial. 1997 [1871]. Pág. 319-349.
MISES, Ludwig von. Gold versus Paper.
ROTHBARD, Murray N. What Has Government Done To Our Money? Ludwig von Mises Institute, 1990.
ROTHBARD, Murray N. The Case Against The Fed. Ludwig von Mises Institute, 1994.
VÁSQUEZ, Ian. “Hay que cerrar el FMI”. La Ilustración Liberal. Número 1. Febrero-Marzo 1999. Pág. 49-56.
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[1] Ver GREENSPAN, Alan. “Gold
and Economic Freedom”, 1966 en RAND, Ayn. Capitalism: The Unknown Ideal. Signet Books, 1967. New York. Pág. 96-101.
[2] Ver MARIANA, Juan de. De monetae mutatione, 1605. Citado en HUERTA DE SOTO, Jesús. “Juan de Mariana
and the Spanish Scholastics”.
[3] An Animated Vision of the Emergence of the Classical Gold Standard
[4] Ver ANDERSON, Benjamin M., Jr. The Gold Standard versus A Managed Currency.
[5] Ver GREENSPAN, Alan. Ibíd.
[6] CABRILLO, Francisco. “Harry Dexter White: un comunista en el FMI” en LibertadDigital.com
[7] DEL CASTILLO, José Ignacio. “Nixon, la ventanilla del oro y la crisis de los 70”.
Perdone si he alargado mucho el articulo pero creo q refleja muy bien los errores que se estan cometiendo.
Un saludo y buenas noches